Cuando los seres humanos
observamos las estrellas, nos vemos con el impulso de encontrar
alguna clase de
ordenamiento, algún tipo de forma geométrica entre las mismas. También es
posible que, casualmente,
una determinada distribución de estrellas nos recuerde inmediatamente algún animal, objeto o
cualquier otra cosa de nuestra experiencia diaria. Fue así como, desde tiempos
inmemoriales, los antiguos observadores del cielo comenzaron a establecer patrones dentro de esa distribución caótica
de estrellas.
Por ejemplo, un grupo de
estrellas brillantes que aparentemente conforman una especie
de triangulo, recordaba a
varios pueblos antiguos la cabeza de un toro". Pero, lo que para
unos era la cabeza de un
toro, para otros podría ser la punta de la flecha" o el "triángulo"
o
cualquier otra figura más
elaborada. Cada quien se vio con la libertad de interpretar y bautizar
dicho grupo de estrellas
conforme a sus creencias, vivencias y tradiciones. Otras agrupaciones
de estrellas correrían
igual suerte. Lentamente surgieron caballos, leones, pescados,
perros, serpientes, etc. También aparecerían
dioses y héroes mitológicos.
Un número significativo de
constelaciones utilizadas hoy en día nos vienen directamente
de los antiguos griegos.
Sin embargo, las investigaciones históricas que se han hecho al respecto
apuntan a que restos
copiaron algunos de los patrones que astrónomos babilonios y
sumerios usaban ya unos 2000 A.C. El origen
de los nombres de algunas de las constelaciones mías populares se pierde, pues,
en las profundidades del tiempo.
Antiguamente eran
conocidas 48 constelaciones, las cuales, con cambios muy sutiles, son prácticamente
idénticas a las que se usan en astronomía actualmente.
Sin embargo, existía una que otra región del cielo que no era cubierta por algún
tipo de figura, esto es, existían parches en la bóveda celeste que no estaban rotulados con el
nombre de alguna persona, animal o cosa, particularmente aquellos sectores del cielo que son
imposibles de observar desde las latitudes en que vivieron babilonios, Egipcios y griegos. Estos vacíos
(sobre todo la región que rodea el polo sur celeste) fueron lentamente llenados
por hombres de la talla de Gerhardus Mercator (1512-1594), Johannes Hevelius (1611-1687) y
Nicolas-Louis de Lacaille (1713-1762), este último llegando a introducir 14 nuevas
constelaciones. Con el tiempo, cualquier sector de la bóveda celeste estuvo "dentro" de alguna constelación
definida.
En la primera reunión de
la Unión Astronómica Internacional (UAI), en el año de 1922,
oficialmente se adoptó la
lista completa de 88 constelaciones que usamos hoy. De la misma
manera que en cualquier
terreno, isla, pueblo o ciudad existente en el continente americano
pertenece a alguno de los
36 países oficialmente allí reconocidos, así, cualquier estrella,
nebulosa, galaxia, etc.,
\pertenece" a alguna de las 88 constelaciones en que se ha dividido
el cielo. Para evitar
confusiones y malos entendidos los países establecen fronteras lo más
definidas posibles entre
ellos. De igual forma, los astrónomos se vieron en la necesidad de
establecer fronteras entre
las mismas constelaciones, las cuales se definieron por medio de coordenadas ecuatoriales ya para el año de 1930.
Por lo tanto, el concepto
moderno de constelación es distinto del que le dieron los antiguos.
Para nosotros ya no se
trata de "un grupo de estrellas que nos recuerda determinado
dios, persona, animal o
cosa", sino más bien una constelación es tan solo una de
las 88
partes en que arbitrariamente
se ha dividido la bóveda celeste.
El concepto de constelación
es útil porque nos permite ubicar rápidamente un cuerpo
celeste en un sector definido
del cielo. Para alguien que conoce la bóveda celeste, tendría una buena idea de
donde se encuentra digamos la Luna si se le dice que está, para un instante
dado, en la constelación de Cáncer.
Las constelaciones que
casi todo el mundo ha oído mencionar -aunque muy pocos tienen
la habilidad de distinguir
unas cuantas a simple vista- son sin duda las zodiacales: Aries (el
carnero), Tauro (el toro),
Géminis (los gemelos), Cáncer (el cangrejo), Leo (el león), Virgo
(la virgen), Libra (la
balanza), Escorpión, Sagitario (el arquero), Capricornio (la cabra),
Acuario y Piscis (los
peces). La astrología ha tenido mucho que ver en la fama de estas doce
constelaciones. La difusión
que tienen entre la mayoría de la población se debe al hecho
de que la eclíptica (la
trayectoria aparente que describe el Sol por entre las estrellas) pasa
a través de estas
constelaciones. Siendo estrictos el número de constelaciones zodiacales
debería ser de 13 y no de
12, pues la eclíptica atraviesa parte de la constelación de Ofiuco
(el portador de
serpientes). Debido a la pequeña inclinación que tienen los planetas (salvo
el planeta Plutón) y la
Luna con respecto al plano de la eclíptica, es un hecho que estos cuerpos celestes se encuentren ubicados permanentemente entre las constelaciones zodiacales.
Catalogo de estrellas
El primer catálogo de
estrellas propiamente dicho se atribuye a Ptolomeo en el siglo II A.D.
Se ha sugerido que
Ptolomeo lo que hizo fue copiar y actualizar ligeramente el trabajo hecho
en el mismo sentido por el
celebré astrónomo griego Hiparco en el siglo I A.C. Pero
las evidencias históricas
apuntan a que Ptolomeo obtuvo por sí mismo las posiciones de al
menos 850 estrellas de las
1022 que aparecen en el Almagesto. Es de notar que el catálogo
de Ptolomeo permaneció en
uso por más de quince siglos, haciéndose obsoleto sólo hasta
bien entrado el
Renacimiento. Con la aparición de Tycho Brahe a finales del siglo XVI
comenzó a aparecer el espíritu
de la búsqueda frenética de la exactitud en las observaciones astronómicas. Con
ayuda de cuadrantes y sextantes monumentales (el telescopio fue utilizado
por primera vez con fines astronómicos
por Galileo ocho años después de la muerte de
Brahe), el hábil astrónomo
danés midió las posiciones de 1000 estrellas. Puesto que el poder
de resolución de un ojo
normal humano alcanza los dos minutos de arco, es de suponer que
las observaciones de Brahe
alcanzaran una precisión de dos a cuatro minutos de arco. Un
catálogo equivalente al de
Brahe pero para el hemisferio sur celeste tuvo que esperar hasta
unos 90 años después,
cuando Edmond Halley publicó las posiciones de unas 350 estrellas
fruto de observaciones
realizadas por una expedición británica en una diminuta isla ubicada
en el Atlántico Sur llamada Santa Helena.
El primer astrónomo real
de Inglaterra, John Flamsteed, fue el primero en utilizar el
telescopio para medir las
posiciones de las estrellas. El catálogo de sus observaciones, que
contiene unas 3000
estrellas, llamado Historia Coelistis Britannica, fue
publicado completo
seis años después de su
muerte. El tercer astrónomo real de Inglaterra, James Bradley,
logró, a los pocos años,
medir las posiciones de estrellas con la precisión de unos cuantos
segundos de arco, por lo
que no es de extrañar que haya descubierto él mismo los fenómenos
de nutación y aberración
anual. Ya para comienzos del siglo
XIX Friedrich Bessel lograría
precisiones del segundo de arco o menores, lo que le permitiría
con el tiempo ser el primero en detectar la
paralaje de una estrella.
Hoy en día existen los denominados catálogos fundamentales. La idea es seleccionar algunas
estrellas a las cuales, paciente y dedicadamente, se les determina su posición con extrema
exactitud. Los catálogos fundamentales se realizan con base en las llamadas observaciones
fundamentales (circulo meridiano). La fotografía sirve para determinar posiciones de las
demás estrellas con base en las estrellas fundamentales. Con ayuda de las placas fotográficas
tomadas a intervalos regulares es posible determinar movimientos propios y paralajes. Una
lista de esas estrellas que contengan las posiciones y movimientos propios (preferiblemente
también su velocidad radial y paralaje) con respecto a un equinoccio estándar y una época
determinada (1950.0, 1975.0, 2000.0) que se distribuyan regularmente a través del cielo,
es llamada un catalogo fundamental. Las posiciones de las demás estrellas se miden con
respecto a las estrellas que constituyen el catalogo fundamental.